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Vida y muerte en una tierra seca

La supervivencia de Perú depende a largo plazo del agua de los glaciares de los Andes. El problema es que todo ese hielo pronto se acabará.

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El Degollador

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El mensaje implícito en todo esto: si usted quiere entender el futuro, estudie el pasado, y eso fue lo que hice. Después de dos días sombríos y llenos de garúa en Lima, me dirigí hacia el norte a través del desierto costero de Perú. Es un lugar peculiar. Hay kilómetros de campos llenos de escombros que lucen como una extensa área de construcción abandonada. Luego vienen kilómetros de dunas altas, arenas onduladas que se asemejan a las del Sahara. Y a intervalos frecuentes, el desierto es visto con el detritus de las civilizaciones pre-colombinas.

Cuanto más tiempo Lonnie pasaba en Perú, más claras eran sus ideas sobre el cambio climático y el colapso social, en la historia de los imperios antiguos. Los núcleos de hielo mostraban que las tierras altas de Perú y las civilizaciones del desierto habían alternado en una especie de sube y baja cultural por más de cuatro milenios, que duró hasta la llegada de los conquistadores en el siglo XVI. Al caer las culturas del altiplano, se levantaban las culturas costeras y viceversa.

En el contexto de esta historia del clima, la más notable de las civilizaciones del desierto puede haber sido la Moche, que controlaba una franja costera de más de 480 kilómetros de longitud desde el mar hasta la cara occidental de los Andes además de dominar una serie de valles de los ríos. El mayor de estos ríos era el río glaciar Santa. Los Moche desviaban las aguas en un complejo de canales de riego para cultivar los campos de maíz, maníes, habas, batatas, pimientos, quínoa y calabaza. Estuvieron presentes en esta área alrededor del año 100 d.C., lo dominaron por cerca de 500 años y después de una serie de eventos climáticos catastróficos, empezaron a desmoronarse. Para el año 750, la civilización Moche estaba muerta y enterrada literalmente.

Pero lo que dejaron atrás es extraordinario. Las ruinas Moche están dominadas por dos grandes pirámides, a pocos kilómetros al sur de la moderna ciudad de Trujillo. La Huaca de la Luna (Templo de la Luna) y la Huaca del Sol (Templo del Sol) quedan separadas por 1.6 kilómetros de distancia en el suelo del desierto. Los arqueólogos han descubierto un gran complejo urbano, entre los dos templos, donde se desarrolló una sociedad rígidamente estratificada y gobernada por una casta de sacerdotes guerreros. Las excavaciones más recientes han puesto de manifiesto los múltiples niveles de la Huaca de la Luna, cada uno con relieves murales extensos mostrando gran parte de su pigmentación original y el estilo de vida de los Moche.

Parece haber sido una cultura de crueldad extrema. Repetidas hasta la saciedad en estas paredes son las imágenes en forma de diamante de un dios de ojos saltones conocido como el Degollador, con un rostro terrible con dientes feroces, partes humanas y partes de pulpo. Los relieves y las cerámicas muestran prisioneros desnudos atados con cuerdas alrededor del cuello; presos ritualmente descarnados, decapitados y desmembrados; víctimas atadas a estacas y expuestas para que los pájaros les picoteen los ojos y los genitales. Aún más relevante para el colapso de los Moche es la reciente exhumación de los esqueletos de muchas de las víctimas, que fueron sepultadas en el barro. Los arqueólogos deducen de ello que fueron sacrificados durante los eventos de El Niño, ya sea como un gesto propiciatorio a los dioses que habían maldecido a los Moche con las inundaciones o como señal de gratitud por el raro don de la lluvia. Los núcleos de hielo de Lonnie indican que alrededor del año 600 d. C., décadas de inundaciones catastróficas borraron todo, a excepción de las dos grandes pirámides, enterrando los campos y canales de riego bajo la arena, seguidas por un período de la misma extensión de la sequía. La evidencia que el hielo refleja es exactamente el calendario de agitación social, el éxodo de refugiados y la desintegración final.

 

El desierto verde

No es difícil poder ver algunos paralelos incipientes en la forma en que el desierto costero de Perú se desarrolló durante los últimos 20 años. En la carretera a pocos kilómetros al sur de los templos Moche está la pequeña ciudad de Virú, que podría presentarse a sí misma como la capital de los espárragos del mundo. En las afueras de la ciudad un cartel mostraba un paquete antropomórfico de espárragos con gafas de sol llevando un pasaporte con el sello de "Nueva York".

Virú se encuentra en el corazón del Proyecto Chavimochic, una vasta extensión de campos de regadío que hasta hace poco eran campos cubiertos de arena. El proyecto depende casi totalmente de las desviaciones del Río Santa, el cual trae casi la mitad de su volumen desde los picos nevados de la Cordillera Blanca. El derretimiento del hielo ha transformado a Perú en el mayor productor de espárragos en el mundo.

El gobierno empezó esta empresa a finales de 1980, con una inversión de $900 millones en los canales de riego y otras infraestructuras básicas. Cuando la siguiente fase del proyecto se complete, más de 140.000 hectáreas de lo que anteriormente fue un desierto estarán cubiertas de vegetación. El cultivo de los espárragos ha impulsado un auge económico formidable en la provincia norteña de Trujillo. Ya se han creado 40.000 nuevos empleos de tiempo completo y el plan a largo plazo requiere más de 130.000. Trujillo pasó de ser un pueblo soñoliento y con polvo colonial a ser una ciudad de 800.000 habitantes, la tercera más grande en Perú. Si bien la miseria de sus asentamientos rivaliza con los de Lima, el brillo de sus centros comerciales no tiene nada que envidiar a los de los Estados Unidos, las tiendas de electrodomésticos cargadas con televisores de pantalla plana de 52 pulgadas y refrigeradores de dos puertas de aluminio cepillado.

La idea detrás de Chavimochic no era necesariamente promover la gigante agroindustria corporativa, pero esa es la lógica del mercado. El aumento de precios de la tierra atrae a los especuladores. Las ganancias reflejan economías de escala. Los pequeños agricultores no pueden acceder a las instalaciones de procesamiento y exportación. Por eso ponen a la venta sus parcelas a las grandes corporaciones y la más grande de las grandes es Camposol.

El jefe de riego de Camposol, Javier Calderón Choy, un hombre joven muy amable con una barba negra bien recortada, me dio una gira de un día de duración a una de las grandes plantaciones de la empresa. ¿Qué sabía yo de espárragos? No mucho, excepto que me gusta comerlos, sobre todo con el pescado, pero al final del día Calderón y sus colegas habían llenado mi cerebro con más datos sobre el vegetal de lo que podía absorber.

Firmamos en uno de los puestos de control de entradas, nos lavamos las manos y desinfectamos nuestras botas. Extravagantes campos verdes colindaban directamente con las dunas de cientos de pies de altura. Un gran campo estaba sembrado con arbustos medianos, con suaves hojas de color verde grisáceo; un escuálido zorro del desierto entraba y salía de las hileras de arbustos, disfrutando de las bayas rojas. El siguiente estaba marcado con zanjas estrechas de arena, donde los recolectores trabajaban arduamente con cubos plásticos azules recogiendo la cosecha. Ambos campos eran de espárragos. Estaba confundido.

Calderón me explicó que a los arbustos se les permite crecer a su tamaño completo antes de ser cortados a la raíz, lo que a su vez produce un tallo comestible. Le pregunté si Camposol cultiva las dos especies de espárragos, el verde y el blanco. Me miró con una mirada paciente y me dijo "No son especies separadas, sólo depende de cómo se les cultiva". Por alguna razón a los europeos les gusta el blanco, mientras que los estadounidenses prefieren el verde. Si quiere el blanco le cubre los tallos con arena, si desea el otro tipo, los tallos se exponen al aire y se vuelven verdes a través de la fotosíntesis.

Ciertamente el trabajo de Calderón era el de impresionarme con el modesto impacto ambiental de la operación, pero aunque solo fuera relaciones públicas fue convincente. Toda el agua provenía de riego por goteo, calibrada por un software diseñado para dar a las plantas lo mínimo que necesitan para crecer. Al final de muchas de las hileras de arbustos había bandejas de melaza pegajosa, puestas allí para mantener a los insectos alejados de la cosecha. Mosquiteros de plástico empapados en aceite vegetal sirven el mismo propósito. Los corredores entre los campos estaban sembrados con plantas que atraen a los insectos beneficiosos. En la cima de una colina, caminamos por una especie de callejón formado por coloridas cajas apiladas de chiles habaneros. Los gases se sentían como gases lacrimógenos. Cerca de allí, los trabajadores con mascarillas usaban largas palas de madera para revolver calderos burbujeantes de un líquido grueso y de color verde amarillento, un plaguicida biológico, como parte de una escena de Macbeth. Más tarde en la planta de procesamiento, donde los espárragos eran clasificados, lavados, recortados y empaquetados, era la misma historia, desde los aerosoles de pedal que mantenían nuestras botas de plástico limpias hasta las cajas de reciclaje que eran apiladas en camiones en el muelle de carga.

Todo era muy impresionante. Pero, le pregunté a Calderón, con el aumento de la población, el cambio climático y la reducción del rio glaciar Santa, ¿cómo puede ser mantenido todo esto? Él asintió con gravedad. "Sí, esa es la gran pregunta".

 

última revisión 2/9/2011

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