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Vida y muerte en una tierra seca

La supervivencia de Perú depende a largo plazo del agua de los glaciares de los Andes. El problema es que todo ese hielo pronto se acabará.

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Sierra alta

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Dejando atrás este paisaje surrealista de campos verdes, dunas de arena, y las ruinas antiguas, viajé por varias horas por el valle del Santa, en una carretera que hacía vibrar mis huesos, pues era más piedra que polvo, para pasar una semana entre los glaciares de la Cordillera Blanca. A unos 1.524 metros de la carretera entramos al estrecho y escarpado Cañón del Pato, el cual corta su camino a través de la roca en una serie de túneles rústicos. Enclavada entre las paredes del cañón se encuentra una de las plantas hidroeléctricas más grandes del Perú operada por el gigante de la electricidad estadounidense, Duke Energy, otra empresa como Chavimochic, que tiene sed de estas aguas. A pocos kilómetros de la presa está el pueblo Huallanca donde está localizada Duke Energy. Después de una serie de asentamientos sucios y pobres lo que ofrecía una vista incongruente, hay una colección ordenada de calles pavimentadas, casas de techos rojos con antenas parabólicas, frondosas palmas y una piscina color turquesa.

Una vez que el camino sale del cañón, se ensancha en el alto valle del Santa, que la gente llama el Callejón de Huaylas. Al oeste está la Cordillera Negra, un área muy reseca de roca oscura. Hacia el este está la Cordillera Blanca, un muro almenado de 190 kilómetros con más de 700 glaciares.

Hay una solemnidad en este valle, ya que ha visto una serie de terribles desastres naturales. El Campo Santo de Yungay marca el mayor de ellos. El 31 de mayo de 1970, uno de los terremotos más fuertes jamás registrados desprendió una parte del Glaciar 511, en las laderas orientadas al noroeste del Huascarán. Un volumen incalculable de hielo, roca, lodo y escombros fueron arrastrados por el valle, con tal ímpetu que, literalmente, todo esto salió volando por los aires. Los troncos de los árboles todavía en pie fueron encontrados más tarde en el camino de la avalancha, despojados de su corteza y hojas por la bolsa de aire comprimido que viajaban bajo el monstruo volador. La ciudad de Yungay desapareció totalmente, dejando un saldo de 15.000 muertos. Más allá del Campo Santo, un lugar solemne de rosales, caminos tranquilos y cruces blancas, la cicatriz del colapso de los glaciares es visible como una raya oscura en la montaña, como la sombra de caries en una radiografía dental.

Pasé los próximos días explorando los agrestes caminos y senderos que llevaban hacia las montañas. Algunos de los picos formaban pirámides perfectas, otros estaban cubiertos con vertiginosas agujas de hielo estriado, mientras que otros, como la doble joroba del Huascarán, eran pura masa y volumen. Ellos totalmente eclipsaban la escala humana. En los accesos empinados, había campos de maíz y trigo, además de vestigios de las ruinas preincaicas. Los racimos de maíz andino rechoncho y de grano largo eran colgados a secar de los aleros de las casas de adobe. El aire limpio llevaba la fragancia de eucaliptos. Flores silvestres de cualquier forma, tamaño y color, crecían en los cañones vírgenes debajo de los glaciares, tayas púrpura pálido de dos metros de altura miembros gigantes de la familia lupina y flores de un rojo alpino no más grandes que la cabeza de una chincheta.

Conocí al amigo de Lonnie, César Portocarrero en Huaraz, una bulliciosa ciudad de 115.000 habitantes, que sirve como centro de montañismo y senderismo por la cordillera. Era el 40º aniversario del desastre de Huascarán y las campanas de la iglesia tocaban para reunir a la gente a realizar simulacros de terremoto. César dirige un grupo de15 en la Unidad de Glaciología y Recursos Hídricos (UGRH) de la Autoridad Nacional del Agua de Perú, donde encontré su despacho ubicado en una esquina del patio, detrás del altar de cristal a la Virgen María. Un hombre casi de la misma edad de Lonnie, con el pelo negro, grueso y brillante, estaba vestido con pantalón caqui y una camisa a cuadros Tattersall. Su actitud era tibia y tenía un sentido del humor gracioso.

Diplomado como ingeniero civil, César primero estudió glaciología en Alaska, donde su mejor recuerdo fue la excursión en un área virgen de la región, gritando "Kumbaya" a todo pulmón para mantener a raya a los osos pardos, me dijo. Más tarde pasó un año en el Observatorio Terrestre Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia, donde trabajó en la predicción del clima. "Era 1995, y la gente se preguntaba, ¿qué sabemos sobre el cambio climático? Yo les dije, en el Perú ya lo estamos viendo". Hablamos de su trabajo con Lonnie en Quelccaya. Se abrió los botones de la parte superior de la camisa para mostrarme un recuerdo de su expedición en 2003 a la Piedra de Rosetta de los glaciares: una larga e irregular cicatriz, que ilustra los peligros de su oficio. Una carga explosiva salió mal y envió fragmentos de roca directamente a su pecho. "Creo que soy afortunado de estar vivo", el se rió.

Las aventuras de Lonnie eran una fuente de preocupación para César. Pues, hubo un tiempo en 1993 cuando su amigo estadounidense durante semanas insistió en realizar perforaciones en Huascarán, tiempo en el cual el grupo terrorista neo-maoístas Sendero Luminoso se mantenía activo en la sierra. (Lonnie me había dicho, "Eso no es un problema, lo bueno de estar por encima de 6.100 metros es que nadie te molesta".) Por supuesto que también estaba el asma terrible de Lonnie, pues hubo también un episodio alarmante de edema el año pasado en Hualcán, un pico de 6.122 metros de altura junto al Huascarán. "Mis pies se hincharon muy mal. Tuve que llegar a Huaraz, pues lamentablemente la única manera de llegar era a pie, además de tener que hacer algunas escaladas. Cuando llegué a Huaraz mis pies y piernas estaban tres veces su tamaño normal". Me dijo Lonnie.

Sin embargo, fue César, quien tuvo el último comentario. Durante 10 días Lonnie estuvo en terapia intensiva en Lima. En un momento dado un cardiólogo le preguntó si había tenido este problema anteriormente. A lo que Lonnie contestó: si, hace unos 20 años. ¿Y qué le dijo el médico? A lo que él contestó: Bueno, él me dijo que evitara las grandes alturas.

 

Hielo muerto

César regresó a la glaciología recientemente para ser coordinador del UGRH. En los últimos 14 años trabajó con comunidades indígenas para desarrollar nuevas formas de agricultura sostenible, ensenándoles habilidades como el riego por goteo, análisis de suelos, selección de semillas y el control biológico de plagas, que también se implementan en las altas latitudes de las montañas a medida que aumenta la temperatura. Pero decir que él regresó a la glaciología no es totalmente cierto, dijo; todo está conectado. Docenas de los cultivos están en riesgo por el cambio climático y el deshielo de los glaciares. El maíz, por ejemplo, crece mejor entre unos 2.400 y 2.750 metros y ahora su gama se mueve hacia arriba. "La gente se emociona ya que pueden cultivar en altitudes más altas pero hay que explicar que las ventajas son sólo temporales. Usted sigue subiendo más y más hasta que finalmente no hay más terreno cultivable".

La unidad de glaciología de César tiene muchas responsabilidades, entre ellas el recoger continuamente datos sobre la temperatura, precipitación, humedad relativa, balance de masa, y el uso sostenible del agua. Hay un subtexto político constante a este trabajo, me dijo. ¿Quién fija la agenda? ¿El ministerio de agricultura? ¿Minería y energía? ¿Los recursos naturales? ¿La empresa hidroeléctrica? ¿La autoridad estatal del agua? Cada uno a su vez ejerce su jurisdicción e impone sus propias prioridades, al definir qué es un glaciar y para que esta allí.

"La administración de riesgos ha sido fundamental para el trabajo de la unidad", dijo César, desde que se fundó en respuesta a un derrumbe catastrófico en 1941 que destruyó gran parte de Huaraz y dejó un saldo de 4.000 personas muertas. La peor pesadilla de un glaciólogo es un deshielo glaciar, comúnmente conocido bajo el poco elegante nombre de GLOF. Estas inundaciones y otros poderes oscuros de los glaciares son el material de las leyendas indígenas que hablan de los dioses de lagos enojados y de las aguas que se vuelven rojo sangre.

Como ingeniero, César se especializa en la prevención de inundaciones de este tipo por la construcción de presas y túneles de drenaje. Me dijo que hubo un desastre pocas semanas antes de mi visita. Unos 990.000 metros cúbicos de hielo de Hualcán, en el otro lado del glaciar donde Lonnie realizaba sus perforaciones, habían caído en Laguna 513, un lago muy por encima de Carhuaz, una ciudad de 14.000 habitantes. Un pequeño tsunami de 27 metros había sobrepasado la morena pero afortunadamente el equipo de César había construido un dique de protección de 23 metros en la década de 1990 que a duras penas evitó una tragedia. Le dije que me gustaría visitar otro lago que presentara riesgos similares y sugirió la Laguna Llaca.

Fui al día siguiente. César tenía otros compromisos, pero me asignó a uno de sus glaciólogos más expertos, Jesús Gómez López, para ser mi guía. En un tramo a menos de 4.500 pies hicimos una pausa para tomar aliento en un campamento abandonado que se erigió para los trabajadores que construyeron la represa. A partir de ahí trepamos hasta un sendero estrecho y rocoso al pie del glaciar.

Llaca tenía todos los factores principales de riesgo para un colapso, me dijo Gómez. Con una gran masa de hielo colgando de una pendiente pronunciada orientada hacia el oeste sobre el lago, la recesión había dividido la lengua del glaciar en dos. El lecho de roca oscura entre las dos mitades absorbe más el calor del sol y así crea más agua de deshielo, lo que a su vez podría causar el deslizamiento entre la roca y la parte individual más baja del glaciar el "hielo muerto". La fuerza de gravedad haría el resto. Me comentó que fue como un terremoto, donde sabes que todas las condiciones están allí, pero no sabes exactamente cuándo va a suceder.

Es un lugar frío de una belleza melancólica. Por encima de la laguna principal hay un segundo lago que se formó recientemente. Las golondrinas de montaña ladeaban y bajaban en picada, para recoger insectos que de alguna manera habían fijado su residencia en él. El lado izquierdo de la pared de hielo muerto era de un sucio color marrón negruzco debido al polvo y a la arena que soplaba de la ladera de la montaña. El resto era una losa sobrenatural de hielo azul llena de grietas diagonales y estrías. Me quedé allí y escuché al glaciar. Escuche un crujido suave como de las maderas de un barco marcadas por una grieta en forma de látigo y luego una salpicadura. Era difícil escapar a la idea de que era el sonido de algo que moría.

 

última revisión 2/9/2011

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