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Vida y muerte en una tierra seca

La supervivencia de Perú depende a largo plazo del agua de los glaciares de los Andes. El problema es que todo ese hielo pronto se acabará.

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Los atrapanieblas

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Adaptarse al cambio climático en el mundo en desarrollo significa pensar muy grande pero al mismo tiempo pensar muy pequeño. Exige una apertura a lo nuevo e inimaginable, pero también un respeto por lo que es viejo y olvidado.

Al describir su trabajo con los campesinos, César Portocarrero hizo hincapié en la importancia de las formas antiguas de cómo usar el agua las cuales derivan de una concientización de su escasez y su carácter sagrado. Hasta cierto punto sorprendente encontré que esa idea se hizo eco en los altos niveles del gobierno peruano. "Para los pueblos indígenas", dijo Eduardo Durand, director de cambio climático en el Ministerio de Medio Ambiente, "el agua viene de los dioses de las montañas, los apus. Si ya no fluye, la gente dice que hemos hecho algo malo. No entendemos lo que los apus nos están diciendo que hagamos".

De hecho, a través de una extensa práctica ancestral, a menudo se sabe exactamente qué hacer. Esto no es una visión romántica, sino que es eminentemente pragmática. Algunos de los métodos antiguos que necesitan ser revividos fueron descritos por el gobierno en su informe más reciente a las Naciones Unidas sobre el cambio climático: el cuidado de los manantiales, la captación de agua, el cultivo de plantas de conservación de agua, sistemas de riego pre-colombinos, terrazas agrícolas de estilo incaico y así sucesivamente. Este tipo de estrategia pequeña puede suceder en las ciudades así como en las zonas rurales.

Después de todas las excursiones en la cordillera, tropezando con rocas y vadeando corrientes glaciares de un color azul lechoso a punto de congelación, nada me preparó lo suficiente para el largo ascenso de 45 grados a la cima de una colina que se elevaba 610 metros o más por encima de un barrio marginal de Lima. Llegué aquí con dos mujeres de la localidad para ver los famosos atrapanieblas del barrio.

Magaly de la Cruz es la mayor de las dos. Una mujer fuerte y de vibrante buen humor con una vestimenta extravagante: una chaqueta azul y púrpura, ajustados pantalones de color rosa, un gorro de lana rojo con lentejuelas de plata sobre una masa de pelo rizado marrón, un par de gigantescas gafas de sol plásticas con borde dorado. En el salón de su casa de bloques de hormigón había colgado una foto de una granja en la provincia sureña de Arequipa. Una manada de vacas pastaban tranquilamente en un prado frondoso bajo un cielo azul con nubes hinchadas. Le pregunté si ella era originaria de Arequipa, y me dijo: "No, es sólo un sueño de que algún día pueda ver algo así de verde".

La mujer más joven, Elionor del Castillo, trajo con ella su hijo de 4 años, Luís Fernando quien se deslizó alrededor de la parte superior de la colina ignorando al despeñadero en ambos lados. Él niño había estado en el hospital durante varias semanas después de comer un poco de tierra contaminada, dijo Elionor. Era bueno que saliera al aire libre.

Desde la cima, miramos directamente hacia abajo en las filas de chozas. El sol trataba de romper a través de la garúa y los residuos de polvo. Desde muy lejos escuchábamos el ladrido de los innumerables perros y el cacareo de los gallos. La mayoría de las casas eran de un monótono color marrón, pero algunas estaban pintadas de azul, ocre o verde lima y muchas estaban pintadas con los símbolos de los partidos políticos o las palabras de Cristo Viene. Cristo viene, aquí y allá, un edificio más grande estaba decorado con brillantes azulejos de color marrón y adornado con rejas de hierro forjado. ¿Quién vive ahí? Le pregunté. Proveedores, respondió Magaly. Luché con la palabra. ¿Proveedores? Ella me miró y dijo: narcotraficantes. El nombre de la población es Bellavista del Paraíso. Una hermosa vista del paraíso.

Afuera de muchos de los edificios habían barriles azules de plástico llenos de agua. Cuando el actual gobierno asumió el poder en 2006 prometió Agua para Todos. Todavía se pueden ver vallas publicitarias con este lema por toda la ciudad. ¿Qué pasa aquí? Le pregunté. Magaly me dio otra mirada y sacudió la cabeza. Elionor, respondió, "Acabamos de recibir la electricidad en enero. No se puede luchar por todo al mismo tiempo".

El camión cisterna, propiedad de una empresa privada, viene una vez a la semana, me explico Magaly  y uno de los barriles azules contiene 200 litros, cerca de 52 galones. La gente no tiene más remedio que pagar los precios fijados por los operadores de camiones. "Una familia de cuatro en la ciudad paga 20 soles al mes por agua corriente", dijo ella, unos siete dólares. "Aquí pagamos tres veces más. Dicen que es agua potable, pero a menudo proviene de pozos contaminados y se tiene que filtrar y hervir primero".

Los atrapanieblas, que se instalaron aquí hace dos años por una organización alemana llamada Alimon, se plantaron en fila en la cumbre de la colina. Eran pantallas verticales de malla de nylon de unos 15 pies de alto y 25 pies de ancho, como redes de voleibol para gigantes, diseñados para "peinar" las gotas de humedad de la garúa, que luego corren dentro de un canal de zinc y de allí a los tanques de retención que son de cemento. Situados en una colina cercana había una hilera de atrapanieblas de diseño experimental como un excéntrico experimento de ciencia escolar. Muchos parecían ralladores de queso de gran tamaño. El agua que producen no es potable, pero puede ser utilizada en la casa para cocinar, bañarse y lavar la ropa.

Los atrapanieblas son más productivos entre agosto y octubre. Ahora llegó el momento de su mantenimiento anual, el cual había sido descuidado por todo el trabajo que había que hacer para poner el nuevo tendido eléctrico. La malla fue tapada con las filamentosas algas verdes, secas hasta formar una corteza dura. Los caracoles se arrastraban a su alrededor. La mayoría de los canales de zinc están rotos o se los han llevado. "Los niños vienen aquí y destrozan todo", dijo Magaly. "Se roban el metal para venderlo".

Miramos dentro de uno de los tanques de cemento. A excepción de un perro muerto, estaba vacío. La parte baja de la ladera fue plantada de árboles pequeños. El suelo es humedecido, cuando el agua está disponible, con ollas de barro poroso que actúan como rústicos sistemas de riego por goteo, una práctica que fue utilizada por los incas. Cuando los árboles crecen unos tres metros de altura se convierten en receptores naturales de neblina al capturar agua en sus hojas. "Tienen un valor económico para la comunidad," dijo Magaly. La Casuarina es apreciada como un fijador de nitrógeno que aumenta la fertilidad del suelo. Otras plantaciones son medicinales y se pueden vender en los mercados locales. La Tara, por ejemplo, es un remedio para el asma. La Sauvila es buena para el hígado y es también un agente de adelgazamiento ("que no es necesario si usted pasa mucho tiempo subiendo los cerros", dice Magaly con una sonrisa).

Al mirar hacia abajo en la hermosa vista del paraíso, se produjo una inevitable tentación de sucumbir a la desesperación. Pero como Lao Tzu dijo, un viaje de mil millas comienza con un solo paso, y mil viajes, diez mil viajes como el de Magaly de la Cruz y Elionor del Castillo serán necesarios si se quiere hacer mella en la inmensidad de la crisis climática que enfrenta Perú. Pero son parte esencial de la mezcla y el espíritu que aquí en las barriadas de Lima, está disponible.

A los pies de la colina, sudorosos y agotados, nos detuvimos en una pequeña tienda. Realmente no era más que una ventana en una casa donde el propietario había puesto a la venta unas cuantas bolsas de platanitos fritos y refrescos. Compré una botella grande de Inca Kola y cuando Elionor se la llevó a sus labios, me di cuenta del lema impreso en la etiqueta. Con la creatividad se puede todo.

 

última revisión 2/9/2011

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