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La desaparición de las abejas

Las abejas de este hombre están en grave riesgo. Al igual que nuestro abasto de alimentos. Por qué algo tan pequeño es tan importante.

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Originalmente publicado en inglés en la revista OnEartth de NRDC, Verano 2006

 
por Sharon Levy
 
Photo of Jeff Anderson
Abejas caminan por todo mi cuerpo. Me siento en el barro de un terraplén en el camino, observando el enjambre que se ha posado en mis piernas. En la parte superior de una rodilla, tres abejas obreras parecen mantener una seria conversación, olfateando: Se golpean una a otra rápidamente con sus antenas, donde tienen el sentido del olfato.
 
Alrededor de ellas, sus hermanas caen. Pares de abejas se sujetan del minúsculo centro de su cuerpo y luchan. Otras se ocupan de lo suyo en medio de la aglomeración, usando sus patas delanteras para acicalar su peludo rostro y largas lenguas.
 
Observo, tranquila y segura dentro de mi traje de apicultura prestado: overol blanco, sombrero de paja con velo y guantes protectores. Camino abajo, Jeff Anderson y sus tres asistentes hurgan metódicamente bajo la tapa de cada uno de cientos de colmenas para revisar la salud de las colonias en el interior. Al transcurrir el día y mientras el sol de marzo calienta este camino rural poco transitado en las faldas de la Sierra de California, más y más abejas alzan el vuelo.
 
Los espinos silvestres que bordean el camino lucen diminutas flores blancas, con los estambres brillantes de polen. Las abejas trabajan en las flores, llenando con los amarillos granos suaves depresiones en sus patas traseras, diseñadas especialmente para transportar este combustible (el polen es un alimento alto en proteínas) de vuelta a la colmena. En sus viajes, transfieren el polen de una planta a otra, de una flor a otra, fertilizando las flores y permitiéndoles formar frutos. Esta legendaria sociedad de polinizador y planta es esencial para la vida como la conocemos. Un tercio de los alimentos que comemos provienen de cultivos que necesitan de animales polinizadores, una función que a menudo es realizada por las abejas, pero en ocasiones también por mariposas, escarabajos, aves o murciélagos. Los alimentos polinizados por abejas incluyen la calabaza, los tomates, los pimientos, las manzanas y las peras. Desafortunadamente, las abejas que me rodean son miembros de una tribu en peligro, cuya pérdida tendría un terrible efecto para los agricultores, sin mencionar a todos los que comen frutas y verduras.
 
Las abejas se convirtieron en el foco de atención en la vida de Jeff Anderson hace 30 años cuando se casó con Christine, la hija de un apicultor. Se integró al negocio familiar con su suegro, Joe Tweedy. Desde entonces, se dedica a transportar un acopio de abejas cuidadosamente atendidas a través de todo el país, siguiendo el florecimiento de los cultivos de los huertos frutales desde California a principios de la primavera hasta los campos de trébol de Minnesota en el verano. El hijo de Anderson, Jeremy, que trabaja a su lado, representa la cuarta generación de apicultores en la familia. Sin los servicios de las abejas administradas que ofrecen los apicultores migratorios como los Anderson, se perderían miles de millones de dólares en cultivos de todo Estados Unidos.
 
Me uno a Anderson cuando abre otra colmena. Adentro, ocho bastidores de madera sostienen el panal cuya superficie está repleta de abejas, todas en constante movimiento aunque pareciera que no hay espacio para moverse. Hablando con el característico canturreo de la región superior del medio oeste -- Anderson creció en una granja lechera de Minnesota -- señala a la reina, un 30% más grande que sus miles de hijas, las abejas obreras que alimentan, construyen y limpian la colmena. Uno o dos zánganos negros, machos cuya única función en la vida es aparearse con una reina, se mueven entre las atareadas obreras.
 
Al caminar por el campo de abejas, Anderson puede notar de un sólo vistazo cómo está cada colonia. Si todo está bien, las paredes de la colmena estarán repletas de abejas emitiendo un zumbido satisfecho. Pero a veces la mitad de los bastidores están vacíos y las abejas no suenan bien. A veces el suelo bajo una colmena está cubierto de abejas muertas.
 
Desde 1976, cuando Anderson empezó, cada vez es más difícil cultivar abejas sanas. En la década de 1980 dos especies no nativas de ácaros parásitos infestaron las colmenas de América del Norte. Una de las especies, el Varroa destructor, resultó ser espacialmente mortal. Mientras tanto, los pastos seguros donde pueden alimentarse las abejas sin envenenarse con pesticidas son cada vez más escasos.
 
La abeja europea domesticada fue introducida a América del Norte hace 400 años por colonizadores de Jamestown y Williamsburg para abastecer a sus colonias de miel; pocas abejas nativas del continente producían suficiente miel para que la cosecha fuera viable. Desde entonces, la abeja se ha propagado hasta todos los rincones cultivables de América del Norte. El cultivo de la miel es una ocupación antigua: Para maximizar su producción, los apicultores de Egipto durante la época de los faraones llevaban sus colmenas por el Nilo hacia áreas con flores abundantes, con cierto éxito. Los primeros apicultores estadounidenses también transportaban sus colonias -- en carretones, barcos de vapor por el Río Mississippi, y trenes -- con diversos resultados; las colmenas no siempre se movían en el momento adecuado, a menudo la cera del panal se derretía, a veces las abejas obreras se quedaban atrás mientras sus hogares navegaban por el río. En la década de 1940, cuando las carreteras interestatales y los camiones confiables para largos trayectos lo hicieron factible, los apicultores empezaron a emigrar largas distancias con sus colmenas periódicamente, siguiendo el flujo del néctar a medida que florecían los cultivos con el cambio de las estaciones.
 
En los años de prosperidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial, grandes franjas de hábitat natural a través de Estados Unidos fueron devoradas por la urbanización de los suburbios y la agricultura. Menguaron los trechos de bosques silvestres, arbustos y flores que sustentaban a las abejas nativas. Las prácticas comunes de la agricultura moderna -- el uso generalizado de pesticidas y la tendencia a eliminar todas las plantas silvestres florecientes a la vista -- empezaron a destruir a las polinizadoras que hacen posible la agricultura. Los apicultores, acostumbrados a pagar a los agricultores por el privilegio de estacionar sus colmenas en terrenos con cultivos florecientes, empezaron a recibir pago de los agricultores por sus servicios de polinización. Hoy en día, los apicultores migratorios siguen este sendero de dinero hacia un lado y otro del país mientras siguen aumentando las tarifas de polinización.
 
Estados Unidos y Canadá son hogar de al menos 4,500 especies de abejas nativas, desde la esbelta abeja albañil azul iridiscente, hasta el regordete abejorro amarillo limón. Todas están en riesgo. "En Minnesota, donde nosotros vivimos", dice Anderson, "los agricultores locales dejan la segunda siega de flor de alfalfa o trébol rojo para alimentar a las abejas. Muchas de esas personas te dirán que las abejas nativas simplemente ya no están ahí."
 

última revisión 12/1/2008

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