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La desaparición de las abejas

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Originalmente publicado en inglés en la revista OnEartth de NRDC, Verano 2006

 
bee smoker
En la década de 1950, los productores de alfalfa en Nevada, Idaho, California, el este de Oregon y Washington empezaron a crear áreas de anidación artificiales para las abejas álcali, sembrándolas con trozos de suelo de alojamientos naturales de abejas. Un resultado fue la expansión perdurable de la población de abejas álcali en los lugares donde los seres humanos las necesitaban más. Otro fue un auge en la producción de semillas de alfalfa en el Oeste americano. Con las abejas álcali trabajando en las flores, se elevó vertiginosamente la producción de semillas usadas para replantar los campos de heno.
 
Después, durante la década de 1970, las poblaciones administradas de abeja álcali empezaron a disminuir. Algunos productores de alfalfa piensan que el cambio en el uso de pesticidas en cultivos vecinos afectó a las abejas: Las abejas álcali vuelan una milla o más al día y se alimentan de una variedad de flores, así que fácilmente pueden haber recogido venenos más allá de los campos de alfalfa. O quizá el uso de insecticidas por los propios productores de alfalfa para combatir una peste común, la chinche lygus, destruyó a las abejas. En cualquiera de los casos, la mayor parte de la producción de alfalfa en Estados Unidos, con un valor de $5,000 millones al año, ahora depende de la abeja cortadora de alfalfa, una especie no nativa. Los agricultores canadienses producen las abejas, que se alimentan del polen de canola y alfalfa, y venden capullos sueltos por galones a los productores en los Estados Unidos. Se compran aproximadamente $30 millones en abejas cortadoras de alfalfa al año; los esfuerzos por criarlas en este país fracasaron cuando enfermedades infecciosas mataron a las abejas jóvenes. Una de esas enfermedades, el chalkbrood, ya está azotando a la industria canadiense. Un colapso en la población de abejas cortadoras de alfalfa podría eliminar la mayoría de la producción de alfalfa en Estados Unidos, con graves consecuencias para la industria lechera.
 
La abeja álcali no es la única nativa con impresionantes talentos agrícolas. La abeja azul del huerto, una criatura opalescente nativa del oeste de los Estados Unidos, puede polinizar almendros, cerezos y otros cultivos hortícolas mucho más eficientemente que las abejas domésticas. Como se ha adaptado a las condiciones locales, también es más resistente: Vuela a temperaturas más bajas que las abejas domésticas y trabaja en las flores bajo la lluvia. En un experimento de cuatro años realizado en un huerto de cerezos en Utah, William Kemp, del Laboratorio Norte de Ciencias del Cultivo del USDA en Fargo, Dakota del Norte, descubrió que la producción de fruta se duplicó cuando las abejas azules del huerto (cariñosamente conocidas por los fanáticos de las abejas como BOB) se usaron en lugar de abejas domésticas. Kemp y sus colegas están animando a los productores de fruta a nutrir a las BOB en sus terrenos. Unos cuantos empresarios han empezado a atrapar a las abejas silvestres y rentarlas a los productores.
 
Sin embargo, la comercialización de especies nativas puede conllevar riesgos. Cuando los productores de alfalfa empezaron a administrar abejas álcali en sus terrenos, estaban trabajando dentro del territorio natural de la abeja. Pero cuando los productores de tomate descubrieron el poder de los abejorros para aumentar su producción, las abejas fueron tratadas como cualquier otro producto en una economía globalizada y fueron enviadas de continente en continente con consecuencias desastrosas.
 
Durante décadas, agricultores de invernadero usaron vibradores eléctricos para polinizar sus tomates, un proceso costoso y a veces muy laborioso. Las flores de ciertos cultivos, particularmente los tomates y los miembros de la familia de los tomates, incluidas las papas, la berenjena y los pimientos, mantienen su polen dentro de cámaras con diminutas aberturas. Los granos quedan atrapados como la sal en un salero. Para que una abeja libere el polen, debe hacer vibrar su cuerpo como la cuerda de un violín, sujetando la flor mientras hace rápidas contracciones con sus músculos de vuelo para producir un zumbido de alta intensidad. Las abejas domésticas no hacen esto.
 
Pero los abejorros son los maestros de la polinización con zumbido, un hecho que los agricultores no pensaron en explotar hasta que a Roland de Jog, un médico belga y entusiasta de los abejorros, se le ocurrió la idea de poner a sus abejas mascotas entre los tomates de un amigo. El experimento fue un enorme éxito y en 1987 de Jog fundó Biobest, una empresa con sede en Westerlo, Bélgica, que cría abejorros y los vende a los productores de tomate en Europa y Estados Unidos.
 
A principios de la década de 1990, un criador de Estados Unidos envió abejorros reina americanos a Biobest. Las colonias resultantes se enviaron de regreso a Estados Unidos, llevando consigo una enfermedad infecciosa para la que las abejas americanas nativas no tenían resistencia. "Esa enfermedad exótica arrasó con la Bombus occidentalis", dice Robbin Thorp, que documentó la desaparición de la especie que alguna vez se encontraba comúnmente en todas partes desde el centro de California hasta British Columbia. El USDA restringe el uso de abejorros enviados de Europa, en un esfuerzo por mantenerlos dentro de invernaderos y fuera del campo. Pero las abejas como quiera escapan, llevando con ellas enfermedades infecciosas. Un estudio reciente realizado en Canadá mostró que los niveles de enfermedades infecciosas son mucho más altos entre abejorros silvestres cerca de invernaderos de tomates. Errores como este podrían causar que otras especies corran la misma suerte que la B. occidentalis.
 
A la larga, nuestra propia supervivencia está profundamente entrelazada con la vida de las abejas. Y la supervivencia de las abejas depende de las formas en las que no sólo administramos las granjas rurales sino también los parques y jardines y el paisaje de los suburbios estadounidenses, donde las abejas nativas pueden sobrevivir incluso en pequeños trechos de hábitat, como arbustos y plantas nativos. "Cuidar a las abejas nativas aporta un beneficio económico", dice Thorp. "Pero mientras la gente no entienda esto, no le dedicará tiempo y esfuerzo."
 
Full Belly Farm, una granja orgánica en la que Kremen y su equipo de investigación pasó cinco años estudiando la polinización, ha empezado a plantar cercos de arbustos nativos para nutrir a las abejas nativas. Otros agricultores orgánicos en los condados de Yolo y Solano en California están siguiendo la pauta de Full Belly. Convencer a los agricultores convencionales de que vale la pena hacer lo mismo -- y también limitar su uso de pesticidas -- supone un mayor reto, para el que se requieren grandes cambios de actitud y enfoque.
 
Thorp ha visto muchos acres de hábitat de abejas nativas desvanecerse al paso de los arados y bajo el pavimento. Algunos de los datos que recopiló en su juventud están siendo usados actualmente por una nueva generación de científicos como punto de partida para medir la diversidad de abejas que se ha perdido. Sin embargo Thorp no es pesimista. Describe un viaje reciente al sur del Valle Central, un lugar actualmente dominado por vastos campos de algodón, cártamo y alfalfa. Durante gran parte del año, cuando los cultivos no están floreciendo, esos campos, desprovistos de hierbas florecientes, son tan acogedores para las polinizadoras como la superficie de la luna. Y sin embargo, en grietas del suelo, en zanjas entre las hileras de los sembradíos, Thorp encontró lo que ni siquiera se había atrevido a soñar: nidos de abejas del sudor.
 

última revisión 12/1/2008

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