Nuevo informe sobre el clima y la tierra conlleva advertencias nefastas y soluciones esperanzadoras

El mundo debe tomar medidas cuanto antes para modificar la forma en que usamos nuestras tierras (silvicultura, agricultura, desarrollo industrial y urbano) para evitar una catástrofe climática.

Trees cleared in a forest for a palm oil plantation, Borneo Island, Indonesia

Bay Ismoyo/AFP/Getty Images

Traducción: Ynés M. Cabral; Revisión: Andrea Becerra

Cuando se trata del cambio climático, el futuro está en nuestras manos. Necesitamos actuar y estimular a nuestros gobiernos y corporaciones para que se alejen de los negocios habituales que socavan la estructura misma de la vida en la tierra.

Sabemos lo que se necesita para un cambio radical. Y sabemos que la necesidad es urgente. Los encargados de tomar decisiones que aún piensan que el cambio climático es un problema para el futuro están equivocados. Las acciones que tomamos ahora definirán nuestro futuro y el legado de nuestros dirigentes políticos.

Un nuevo análisis internacional, el informe especial El cambio climático y la tierra del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), es el último de una serie de advertencias terribles sobre el cambio climático durante el año pasado. El informe describe cómo a nivel mundial la práctica actual de usar los terrenos de maneras destructivas e insostenibles (tala de bosques, desplazamiento de especies de sus hábitats y destrucción del suelo) contribuyen a la crisis. No solo eso, nuestras tierras están a la vanguardia del daño causado por el cambio climático: nuestras tierras y las especies que dependen de ellas, incluidos los seres humanos.

Todo esto en un contexto de análisis desgarrador de la comunidad científica internacional sobre un futuro con un clima cambiante. El informe climático del IPCC del otoño pasado nos advirtió que a menos que actuemos rápido, corremos el riesgo de un daño desastroso por el cambio climático. Esta primavera una sorprendente evaluación de la ONU sobre la biodiversidad habló de los ecosistemas globales al borde del colapso, con hasta un millón de especies en peligro de extinción si es que todo sigue como hasta ahora (bajo un escenario “business-as-usual”).

También es el telón de fondo de las asombrosas señales de cambio climático que golpean nuestro mundo este verano: los bajos registros de hielo ártico, las inundaciones extremas en los estados centrales de Estados Unidos, la ola de calor mortal sin precedentes en Europa, por nombrar algunos.

Pero al igual que los informes anteriores, el informe especial El cambio climático y la tierra ofrece una esperanza moderada: si hacemos cambios radicales a escala global en la forma en que usamos la tierra, la tierra en sí misma puede ayudarnos a reducir las emisiones de carbono. El informe refleja el consenso de 107 científicos eminentes de 52 países en nombre del IPCC.

Esta mirada a la intersección del uso de la tierra con el clima es un recordatorio: dada la urgencia del cambio climático, no encontraremos suficientes reducciones de emisiones centrándonos solo en las plantas de energía y los vehículos que arrojan contaminación por carbono. La forma en que manejamos el uso de la tierra (silvicultura, agricultura, desarrollo industrial y urbano, y otras) determinará si ese uso de la tierra es un contribuyente significativo al cambio climático o una fuente de reducción de la contaminación climática.

El informe del IPCC ofrece estos mensajes claves:

  • Los cambios en las prácticas forestales y agrícolas pueden reducir las emisiones de carbono.
  • Sin una acción inmediata para transformar el uso de la tierra y el sistema alimentario global, los países no pueden cumplir con los objetivos del Acuerdo de París y al mismo tiempo garantizar la seguridad alimentaria y preservan la biodiversidad.
  • Reducir el desperdicio de alimentos y elegir una dieta basada en plantas puede reducir significativamente las emisiones.
  • La práctica actual de cultivo de la tierra aumentará las emisiones y puede generar una crisis alimentaria.

Para mitigar el cambio climático, salvar la vida silvestre y asegurar nuestro suministro de alimentos, necesitamos un cambio drástico en nuestra economía y en nuestras prácticas actuales. Las herramientas para este gran cambio están a nuestro alcance. Pero no podemos hacer los cambios que necesitamos sin voluntad política y la rendición de cuentas de los gobiernos y las corporaciones que aceleran, y no evitan, la crisis climática.

Un cambio drástico significa proteger las principales áreas de nuestras tierras y océanos en todo el mundo. Al menos el 30 por ciento de las tierras del mundo y el 30 por ciento de sus océanos deberán estar protegidos para el 2030. Esto debe hacerse de una manera que protéja los ecosistemas representativos, garantice la conectividad para la vida silvestre y ayude a mitigar la contaminación y los impactos del cambio climático.

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Un cambio drástico significa la rehabilitación de los ecosistemas naturales, como nuestros bosques. Sin embargo, el informe deja en claro que los esfuerzos mal diseñados, como la plantación de árboles sin prestar atención al restablecimiento adecuado del ecosistema, pueden aumentar los riesgos de desertificación, del colapso del ecosistema y la inseguridad alimentaria. Además, debemos asegurarnos de que las inversiones en soluciones climáticas naturales para absorber el carbono del aire no se consideren como un sustituto de los recortes inmediatos y dramáticos de las emisiones de gases de efecto invernadero, del tipo que solo se puede lograr a través de reducciones masivas en el uso de fósiles combustibles y su reemplazo rápido con opciones bajas en carbono, como la eficiencia energética y las energías renovables. El tiempo en el que pudimos considerar la plantación de árboles como una forma de “compensar” otros tipos de contaminación climática se nos acabó.

Un cambio drástico significa que necesitamos cambiar la forma en que cultivamos nuestros alimentos. La agricultura es una fuente importante de emisiones de carbono, pero no tiene que ser así. Si cambiamos la producción de alimentos para promover la diversidad de cultivos, podemos mejorar radicalmente la salud del suelo. El informe deja en claro que las prácticas agrícolas sostenibles como los cultivos de cobertura, la reducción en la labranza y la rotación de cultivos producirán un mejor secuestro de carbono en el suelo y nos ayudarán a combatir el cambio climático.

Un cambio drástico significa comer de una manera que sea más saludable para nuestro clima. Cuando decidimos qué comer, tomamos decisiones que envían una señal al mercado. La industria de la carne de res emite uno de los gases de efecto invernadero más peligrosos: el metano. Y sabemos que el desperdicio de alimentos también es un motor del cambio climático; cuando tiramos la comida, estamos tirando todo lo que se invirtió para hacerla: la contaminación climática, el agua, los pesticidas, los fertilizantes, la energía, el empaque, la mano de obra.

Un cambio drástico significa que debemos dejar de quemar nuestros bosques para crear combustible. Grandes extensiones de tierra en todo el mundo se utilizan para la producción de “bioenergía” con el pretexto de promover la energía renovable y reducir las emisiones de carbono. Es hora de desacreditar el peligroso mito de que cambiar de combustibles fósiles a la quema de madera para obtener electricidad es una solución climática: O protegemos y expandimos los bosques y maximizamos su almacenamiento de carbono o los quemamos para hacer combustible. No podemos hacer las dos cosas.

Tampoco podemos darnos el lujo de talar nuestros bosques centenarios para hacer productos para los cuales existen alternativas que no causan daño al medio ambiente. El bosque intacto más grande del mundo, el bosque boreal de Canadá, almacena casi el doble de carbono en su vegetación y sus suelos que en nuestras reservas mundiales combinadas de petróleo. Es esencial que el carbono permanezca en el suelo y no se libere mediante la tala industrial para producir productos de un solo uso como el papel higiénico. Asimismo, es fundamental que la producción agropecuaria no se impulse a expensas de los bosques tropicales. Este es un precio que pagan inicialmente las comunidades locales que dependen de estos bosques para su bienestar; pero que a fin de cuentas pagamos todos por los impactos climáticos y la pérdida de biodiversidad.

Y finalmente, un cambio drástico significará evaluar opciones de desarrollo de energía verdaderamente limpias a gran escala. Debemos asegurarnos de avanzar y construir la energía limpia que necesitamos, como la eólica, la solar y la geotérmica, en lugar de la biomasa insostenible, mientras tratamos nuestros ecosistemas naturales con respeto y cuidado.

Un cuarto de todas las emisiones de gases de efecto invernadero provienen de actividades en la tierra. Las soluciones climáticas naturales (la preservación, la rehabilitación, y una mejor gestión de la tierra) son formas rentables de reducir la contaminación por carbono y ayudarnos a cumplir los objetivos del Acuerdo de París. También aportan beneficios adicionales: el aire y el agua limpia, la protección de las especies, los medios de vida sostenibles y la seguridad alimentaria. Este último informe del IPCC es un llamado a la acción para que los dirigentes políticos adopten soluciones climáticas naturales como una parte indispensable de la respuesta global al cambio climático.

El nexo clima-naturaleza conlleva tanto advertencias nefastas y soluciones esperanzadoras. Para ir más allá de un escenario habitual (“business-as-usual”) al cambio transformador se puede hacer de una manera que aumente nuestra seguridad, mejore nuestros medios de vida y proteja nuestros sistemas naturales y comunidades. Este es el compromiso que necesitamos de nuestros líderes.

About the Authors

Susan Casey-Lefkowitz

Chief Program Officer

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