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¿Te hace engordar tu shampoo?


Originalmente publicado en inglés en OnEarth de NRDC, 27 de junio, 2011


Por Laura Fraser

photo: creacart/iStock
El rollo alrededor de tu cintura podría ser debido a algo más que alimentos ricos en grasas y la falta de ejercicio


Todos sabemos que los estadounidenses lideramos entre los países desarrollados siendo cada vez más gordos. Oímos hablar de la “epidemia de la obesidad” en la televisión, con imágenes de personas que aparecen a partir de la cintura para abajo arrastrando los pies en pantalones de hacer ejercicios extra extra grande y cargando refrescos de tamaño descomunal. La mayoría de nosotros estamos en sobrepeso, nos quejamos de cómo nuestros pantalones vaqueros nos quedan más apretados y nos preguntamos por qué, a pesar de todos nuestros esfuerzos de hacer dieta e ir al gimnasio, el número en la báscula se mantiene alto.

Durante años, la explicación para el aumento de peso era sencilla: se trataba de balancear la energía, es decir comparar la cantidad de calorías que consumimos con las que quemamos. Esta teoría sobre la gula y la pereza sostuvo que la obesidad sólo provenía de comer en exceso y la falta de ejercicio, por lo que el único debate era sobre la dieta, si era mejor unirse a la baja en grasa o la baja en carbohidratos. Algunos científicos exploraron las diferencias genéticas asociadas con la grasa, pero otros dijeron que los genes no podrían explicar el desenfrenado aumento de peso de los estadounidenses: “Simplemente no estamos evolucionando tan rápido”, señaló un experto en obesidad.

Los científicos ambientalistas sugieren que podrían existir factores externos, pero hasta hace poco, la comunidad tradicional que investiga la obesidad, rechazó tales afirmaciones. Ahora parece que la tendencia está cambiando: Obesity Reviews en su edición de junio publicó una amplia mirada a la gran cantidad de investigaciones que vinculan el medio ambiente con la obesidad.

Por supuesto, que la idea de que nuestro entorno, contribuye al aumento de peso no es nada nueva. Sin embargo, los últimos debates sobre el papel del “medio ambiente” se centran principalmente en la cultura de la comida rápida que vivimos, donde: los alimentos altamente procesados y altamente calóricos están constantemente disponibles, los tiempos para comer son caóticos, los niños consumen, todo el día, gran cantidad de gaseosas saturadas de azúcar, nadie tiene tiempo para cocinar, las frutas y las verduras son escasas en áreas urbanas de bajos ingresos, por ejemplo un frapuccino venti tiene 760 calorías y los molletes son del tamaño de los melones. A esto se añade nuestro cambiante medio ambiente físico, el hecho de que nos sentamos delante de la computadora todos los días, en lugar de hacer ejercicio o de trabajar en la granja y las “calorías en” exceso de peso, la ecuación parece obvia, y la obesidad excesiva determinada.

Pero aún teniendo en cuenta tales influencias, hay algo que no encaja. Hay un montón de gente allá fuera que come bien y hace ejercicio como Gwyneth Paltrow y todavía sienten que su peso está fuera de control. Luego están esas personas molestas que comen todo lo que desean, nunca se ejercitan y se mantienen delgadas. Tiene que haber algo más que el contar calorías. Sabemos que las hormonas, los mensajeros químicos que nuestro sistema endocrino produce para controlar la presión arterial y la producción de insulina entre otros, pueden cebar los animales para mandarlos al matadero, que algunos fármacos contribuyen a aumentar de peso y que el cambio en las hormonas durante la mediana edad, cambia la distribución de la grasa. Los investigadores comenzaron a reconocer que la obesidad es mucho más complicada que el solo contar las calorías que se consumen o se gastan, además de considerar una gran cantidad de mecanismos que involucran al sistema de regulación hormonal y que participan en el delicado equilibrio de nuestro peso.

Paula Baillie-Hamilton, es una experta en el metabolismo de las toxinas y el medio ambiente en la Universidad de Stirling, en Escocia y fue de las primeras en establecer el vínculo entre la epidemia de obesidad y el aumento de los productos químicos en nuestras vidas. En 2002 escribió “Lo que se pasó por alto en el debate sobre la obesidad” (Overlooked in the obesity debate), en la Revista de Medicina Alternativa y Complementaria (Journal of Alternative and Complimentary Medicine), “durante las últimas décadas el ambiente de la Tierra ha cambiado significativamente debido a la producción exponencial y el uso de sustancias químicas orgánicas e inorgánicas”

La exposición a esos productos químicos, dijo Baillie-Hamilton, puede dañar los mecanismos naturales del cuerpo para controlar el peso. Ella llama a las sustancias químicas tóxicas que actúan como interruptores endocrinos, que imitan las hormonas y bloquean o exageran nuestras respuestas hormonales naturales, “calorías químicas”, entre ellas el bisfenol A, los ftalatos, los PCB, los contaminantes orgánicos persistentes como el DDE, un desglose del insecticida DDT, y los plaguicidas que contienen compuestos de estaño llamados órgano-estaños. Muchos estudios demuestran que los interruptores endocrinos están vinculados a la pubertad temprana, a la reducción en la función inmune, a diferentes tipos de cáncer, deformidades de nacimiento y otras enfermedades. A esta lista, ahora se agregan la obesidad y el metabolismo.

Los investigadores del medio ambiente llaman a estas calorías químicas “obesógenes”. Bruce Blumberg, profesor de Biología Evolutiva y Celular de la Universidad de California en Irvine, estudia los efectos de los interruptores endocrinos y como están relacionados a la obesidad en ratones y ve diferencias claras entre los que están expuestos a ellos y los que no. “Casi todo el que observa a la gente se da cuenta que la obesidad es mucho más que comer y hacer ejercicio”, dice Blumberg. En cambio, el metabolismo, el apetito, el número y el tamaño de las células grasas que entran en juego, todos se ven afectados por las hormonas, y por lo tanto por los interruptores hormonales. Blumberg demostró que los contaminantes orgánicos tributilestaño y trifenilestaño descontrolan los mecanismos hormonales que rigen el peso de los ratones. Él descubrió que cuando los ratones hembra que estaban embarazadas eran alimentadas con una dosis de compuestos orgánicos de estaño, equivalente a la exposición humana normal a los productos químicos, sus hijos tenían un 10 por ciento más de células grasa que los ratones normales, las células grasa crecen más de lo normal, y terminan, en general, 10 por ciento más gordas que un ratón normal.

Otras investigaciones convincentes de que la obesidad no se trata sólo de la alimentación y el ejercicio provienen de estudios que muestran que los animales que viven en ambientes humanos engordan por el solo hecho de estar rodeados de gente. Investigadores de la Universidad de Alabama descubrieron recientemente que los chimpancés, macacos, ratas, ratones, perros, gatos y otras especies que viven en la proximidad de los humanos tienden a ser más gordos que los animales que no viven en un ambiente industrializado, aunque se les controló la comida y el ejercicio del laboratorio. Los autores sugirieron que los interruptores endocrinos son la causa probable de esta epidemia de obesidad entre las especies.

Para su artículo en Obesity Reviews, Jeanett Tang-Peronard, del Instituto de Medicina Preventiva en Copenhague, examinó alrededor de 450 estudios sobre los interruptores endocrinos y la obesidad y encontró que casi todos ellos mostraban una correlación entre la exposición a los productos químicos, particularmente en el útero y en la primera infancia, cuando los mecanismos hormonales son vulnerables, y el aumento en el tamaño corporal. Ella dice que en la vida temprana, los productos químicos parecen alterar la regulación epigenética de ciertos genes, lo que altera la programación de las vías de señalización hormonal que afectan el almacenamiento y la distribución de la grasa y el apetito. (Los epigenomas gobiernan los patrones de la expresión génica). Esta reprogramación, en realidad, puede explicar cómo evolucionamos tan rápido.

Tang-Peronard dice que: “Por ahora, es imposible desentrañar cuánto de la obesidad es causada por productos químicos y qué parte por el balance de energía. De todos modos, están entrelazados con los desequilibrios de las hormonas reguladoras del apetito como la leptina y la grelina lo que nos predispone a querer comer más de los alimentos disponibles. Los interruptores endocrinos pueden jugar un papel importante en la obesidad”. Pero la investigación está en su infancia. Ella también señala que sólo unos pocos de las decenas de miles de sustancias químicas conocidas del medio ambiente se han investigado por su asociación con la obesidad. “Sólo estamos arañando la superficie”, dice.

¿Qué hacer con el problema de los interruptores endocrinos y la obesidad? Es difícil de decir, dado que prácticamente todos los seres humanos han estado expuestos. La pediatra Maida Gálvez está involucrada en el estudio del Hospital Monte Sinaí “Crecer Sano” el cual da seguimiento a la relación entre la exposición a los interruptores endocrinos y el peso corporal en 330 niños en el East Harlem. “Aún suponiendo que estos productos químicos juegan un pequeño papel en la obesidad, es una exposición que se puede prevenir”, dice, también explica que si se puede determinar que ciertas sustancias tienen efectos nocivos, podremos evitarlas en las etapas críticas de desarrollo y, finalmente, reemplazarlas por alternativas más seguras.

Por ahora, Gálvez recomienda a los padres mantenerse alejados del bisfenol-A, presentes en muchos plásticos de agua embotellada, biberones y en envases de alimentos para microondas y lavavajillas. (Si encuentras impreso en el fondo el número “7”, deséchalo). También sugiere evitar champú, cosméticos y jabones que contengan ftalatos, el cual se encuentra en un 70 por ciento de los “productos de mayor venta”, según un informe de 2002 por el Grupo de Trabajo Ambiental. (Busca productos sin perfume, pues es menos probable que contengan ftalatos, o cualquier producto de Illumina Organics o The Body Shop). Además, recomienda que comamos frutas y verduras frescas, en lugar de alimentos procesados o empacados en plástico.

Esto es un punto en el que los investigadores tradicionales de obesidad y los científicos ambientales están de acuerdo: Comer muchos vegetales frescos y orgánicos. Y mientras estás en ello, sales al aire fresco y haces ejercicio.


Laura Fraser es la autora de Perder Peso: la obsesión de Estados Unidos con el peso y la industria que se alimenta de ella (Losing It: America’s Obsession with Weight and the Industry that Feeds On It) y las memorias de su reciente viaje Por todo el mundo (All Over the Map). Es una periodista radicada en San Francisco, que ha escrito para el New York Times, Tricyicle, Gourmet, y muchas otras publicaciones.


última revisión 7/28/2011

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